Él, de mi lado derecho, me pesa más, siempre está derrotado, su barba de tres días me hace sentir que la depresión le brota por cada poro de la cara y no importa cuanto intente deshacerse de ella siempre le volverá a salir. Además es de los que usan mocasines con calcetines blancos, trajes sastre que me raspan la piel cuando se me recarga y un perfumillo barato. Con todo y su aspecto repulsivo es más sensato que la gritona del lado izquierdo.
Entre ellos no discuten. Ella cree que el respeto al derecho ajeno es la paz y nunca le cuestiona nada. Él por su lado cree que de nada sirve discutir, para este desfajado todo está jodido ya de entrada. Pero que ellos no discutan no quiere decir que no cumplan con su papel de venir a verter sus opiniones sobre mis oídos. Pensaría que se odian pero por el contrario han aprendido a quererse.
A ella le gusta cantarnos Roxie, la canción que interpreta Renne Zellweger en Chicago. Se pone su traje de cabaret y me guiña el ojo. El otro que es un lujurioso de bajo perfil saca su mesita de plástico de la cerveza Corona, prende su cigarro y mueve su cabecita al ritmo de la tarola:
"...I'm a star! And the audience loves me! and I love them, and they love me for loving them , and I love them for loving me, and we love each other, and that's because none of us got enough love in our childhoods"
Ella está en el top de su performance mientras el vendedor de enciclopedias saca una de esas sonrisotas que nunca tiene y aplaude arítmico. Yo me río también y no entiendo de dónde me viene la risa. Sólo la cheerleader que conoce esas drogas sabe cuánto tiempo nos va a durar la felicidad.
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