En un mundo menos prejuicioso, menos miserable y menos autocompasivo hubiera llegado a ti corriendo con un par de tornillos en la mano. La palma marcada de tanto apretarlos. Sólo para decirte ironicamente: ten papá, se te cayeron. El sólo hecho de escucharlo te habría hecho responder con una sonrisa sutil como nunca tuviste y con una mirada intimidante como siempre mostraste. La culpa, el odio, el vacío y la locura se habrían diluído entonces.
